Era de noche cerrada y no vagaba ni un alma por la calle. Anna se había detenido frente a una puerta pequeña y discreta, que estaba encajada entre una mercería y una tienda de relojes cuyo escaparate mostraba una asombrosa colección de cucos suizos. Cada cierto tiempo, se oía el cucú de alguno de los relojes, hasta que se les iba acabando la cuerda. El sonido resultaba inquietante en aquella noche desoladora, como una canción de cuna para los fantasmas...
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"A la minoría, siempre"